jueves, 5 de febrero de 2009

EXTASIS

Sentado en el viejo banco de la estación esperaba impaciente su llegada. Lo tenía todo preparado. No dejaba de mirar el gigantesco reloj de manillas doradas del siglo XVIII que pendía del techo y veía como pasaba el tiempo. De repente un ruido me despertó de mis pensamientos y presté atención. Estaba llegando el tren. Me levanté agitado y nervioso, me dirigí al andén. Una vez allí busqué desesperadamente el coche número ocho donde debía recoger el maletín y llevárselo a mi jefe. Enseguida bajó del tren un hombre con aspecto elegante y me buscó con la mirada. Levanté el brazo y le saludé. Como ya estaba acostumbrado el intercambio se hizo con total normalidad, él me dio el maletín y a cambio recibió un sobre cerrado de parte de mi jefe. Sabía perfectamente qué ponía en aquel sobre, sabía que ponía en cada sobre que entregaba cada día. Nos estrechamos la mano y el hombre volvió al tren. Miré el reloj. Eran las 10 y cuarto de la mañana, y como de costumbre me dirigí a la cafetería de la estación donde me reuniría minutos mas tarde con mi jefe. Me senté en la mesa de siempre y vino el camarero, una cara más que conocida para mí, a traerme mi capuchino de cada mañana. Apenas le había dado un par de sorbos la figura de mi jefe apareció en la puerta de la cafetería. Me saludó con la mano y se aproximo a mi mesa.
-Buenos días Jaime
-Buenos días señor Reneses
-¿Lo tienes?
- Como todos los días, aquí tiene su maletín
- Y aquí tienes tú tu jornal, te veré mas tarde, hasta luego.
-Adiós.
Mi jefe era un hombre de pocas palabras y nunca habíamos mantenido una conversación de más de cinco frases seguidas. En el fondo eso me gustaba, él tenía su espacio y yo el mío, yo nunca le preguntaba por el contenido de los maletines y él nunca se inmiscuía en mi vida.
Acabé rápido mi café y dejé una propina en la mesa, me metí las manos en los bolsillos y me dirigí de nuevo al andén.
Aun eran las 11 y esa mañana, como muchas otras, no tenía nada que hacer así que decidí sentarme de nuevo en el viejo banco de la estación a ver como pasaba el tiempo. Aquel día me había levantado con una inquietud que no sabía de donde procedía. No había hecho nada fuera de lo común, me había despertado en el mismo piso de siempre, con las mismas goteras, me había puesto el traje de los Martes y había cogido el mismo autobús de siempre para llegar a la estación y sentarme en el mismo banco de siempre.
En eso se basaba mi vida. En la rutina. En la quietud ante el paso de la vida. Era algo que me frustraba, ¿por qué motivo estaba aquella mañana allí sentado? Y lo que más me preocupaba… ¿Por qué me hacía la misma pregunta todas las mañanas y no hacía nada por solucionarlo? Estaba cansado de ver siempre las mismas caras, los mismos olores, las mismas situaciones… ¿y que aportaba eso a mi vida? Un mísero sueldo que no me servía ni pagar las goteras que acechaban el techo de mi casa. Desde pequeño mi sueño había sido marcharme de aquella maldita ciudad con una guitarra al hombro a ganarme la vida… ¿y por qué seguía aquí? ¿Por qué no se había largado de una vez? Seguía encerrado en aquella vida rutinaria, carente de sentido y de dirección, seguía actuando como un autómata guiado por los pasos que se le habían establecido previamente. Sabía exactamente dónde pisar y cómo, pero, ¿Qué sentido tenía? Me sentía de nuevo vacío, por más que lo intentaba no encontraba razones para seguir adelante con aquella absurda mueca que la vida me había propiciado sin yo merecérmelo. De pronto eché de menos mi infancia, al lado de mi madre, mi padre y mis dos hermanas mayores, de pelo rubio y largo, aquellas tardes paseando por el parque cercano, parándose en una cafetería a que mi madre tomara un té mientras mi padre intentaba volar sin éxito una cometa raída que había comprado hace años y que nunca había utilizado… me sentí triste una vez más al evocar aquellos recuerdos tan cálidos y ya lejanos.
Una cosa estaba clara, no quería que mi vida siguiera de aquel modo tan triste y carente de sentido.
Me levanté del banco y comencé a caminar decidido hacia la puerta de la estación. Me daba igual no llegar en hora al siguiente encargo, me daba igual que el Señor Reneses me despidiera, me daba igual que algún anciano me quitara mi sitio del banco. Solo quería sentirme vivo, quería correr con el viento y hacerle caricias a las mariposas, necesitaba gritar, despojarme de aquella ropa y de aquel estúpido sombrero, necesitaba dejar de preocuparme por las goteras y sentir la lluvia caer sobre mi rostro…
Golpeé fuertemente las doradas puertas de la estación y salí al exterior, una bocanada de aire congelado me hizo estremecerme, pero sentirme vivo a la vez. A medida que corría por el paseo me despojé de mi gabardina gris tirándola al suelo, a la gabardina le siguió la chaqueta y la camisa. Sentí todo mi cuerpo temblar de frío y cansancio , pero no me importaba, tenía la sensación de que por fin iba a volar, tenía la sensación de que por fin me había desecho de todas esas cadenas que ataban mi mente para convertirla en un ladrillo inservible. Me paré jadeante y me quité los zapatos calcetines y pantalones y seguí corriendo. La gente me miraba con pudor y exclamación en sus ojos, pero les ignoré.
Llegue hasta el final del paseo y miré al cielo. Estaba cubierto por una masa de nubes grises que amenazaban lluvia…seguí caminando hipnotizado por su color, no podía apartar la vista de él, cada vez lo sentía más cerca de mi…
Escuche un ruido ensordecedor y acto seguido me encontraba rodeado por un charco de sangre debajo de lo que debía de ser un camión. Escuché voces a lo lejos pero no pude entender lo que decían, estaba demasiado débil. Intente incorporarme pero ningún miembro de mi cuerpo hizo el mínimo caso. Ladeé la cabeza intentando ver el cielo desde debajo del camión pero me fue imposible. Aquel era mi fin y lo sabía.
“Que ironía que el mayor éxtasis de mi vida haya sido los últimos segundos de la misma” Con esta idea en la cabeza cerré los ojos. Por fin estaba en paz conmigo mismo.

Autora: Jimlicious

No hay comentarios:

Publicar un comentario